
He visto las sonrisas de algunos niños en el camino, a pesar de sentir bajo sus pies descalzos la dureza de la tierra, haciendo de un objeto sin importancia que pudiesen haber encontrado tirado en cualquier sitio, toda una compleja maquinaria para algún revolucionario proyecto infantil. Que más explicación, la belleza de la sencillez: la simpleza de la complejidad para un niño que siempre encuentra una solución… la complejidad de lo simple para un adulto que no entiende la imaginación de un niño.
Mas puedo decir que esto no sólo lo he visto, lleva en sí razones más profundas después de algunos días de estadía en un lugar en el que lo sencillo y lo sensible es la pieza fundamental de las cosas.
Implica dejarte llevar y sentirte parte más que visitante; al menos así lo es para mí, no concibo un vínculo superficial con un sitio que es capaz de abarcar todos mis sentidos y es capaz de manipular cada una de mis sensaciones.
He escuchado el mar ya por tres días, las olas chocando en la playa, esa inmensa corriente de viento que procura tener en movimiento la superficie azulada de manera incesante, y no solamente el mar… he escuchado muchas otras cosas y no han implicado el más mínimo cansancio, son más bien como un arrullo: la brisa jugueteando con las ramas de los árboles y las hojas que parecen reír y querer escapar del cosquilleo. Las aves, los insectos, incluso lluvia y truenos, puedo escuchar todo al mismo tiempo y separarlos a la vez, es un equilibrio completo, ninguno logra restarle importancia a otro, es la armonía total y mi silencio perfecto…
He escuchado. Y de cada sonido he reconocido un origen que he podido observar y ha captado mi atención de forma total y han transportado mi voz a un interior sensible que sólo admira y envidia tanta paz y grandeza. He visto y sentido la estrategia del color y la temperatura, la abundancia de colores fríos acuden a la calidez que únicamente los pétalos imitan del sol.

Disfruto incesantemente cada sensación, el aire rodeando mi cuerpo, acariciado ya por las olas que han dejado impregnado su abrazo salado en mi piel enrojecida. La arena adherida a mis pies y manos húmedas, el sol marcando mi piel haciendo surgir corredizas gotas en mi rostro, la brisa fresca de la tarde agitando mi cabello y despertando mis poros.
Todos los sentidos colmados de placer.
¿Cómo no admirar y envidiar y sentir y dejarse llevar o poseer por un lugar así?
Si incluso el cielo está unido al mar que roba su color más intenso y lo desliza por la arena.
Me gustaría ahora pensar como un niño… ¡pobre del mar y su tarea de pintor!, un pincel inmenso que nunca ha podido impregnar el color en una arena que él mismo limpia, más es entendible, es sólo un aprendiz que como cualquier poseedor de vida sigue los pasos de un maestro paciente pero perfecto…debe ser algo similar, las personas reciben clases de vida y el mar de pintura, el cielo es el manto de un maestro que procura una lección diferente todos los días y su trabajo es tratar de imitarlo… pero éste no logra más que reflejarlo, talvez sea una manera de darnos a entender que tenemos todo el tiempo del mundo o al menos de nuestra existencia para aprender…
imagino que algún beneficio ha de tener el mar, además de tomar las estrellas, debe ser algo así como el sol y la luna que el creador separó y dio tareas en extremo diferentes pero en cierto momento les permite unirse de nuevo, ¡pero bueno!, esa es otra historia.
Siempre me ha gustado ver las cosas que tengo frente a mí de una manera diferente, imaginar derivando de las formas ya existentes, similar a observar elefantes y tortugas cuando no hay más que nubes en el cielo, pero nunca he dejado que mi mente atribuya ideas a un lugar antes de estar en él. Es el encanto del asombro, una manera de percibir la esencia propia del lugar, no un conjunto de atributos de otros que pude ya haber conocido.
El contemplar incluso lo que creemos cotidiano es lo que logra hacer diferente cada día, nunca nada es igual ni lo percibimos de la misma manera, si es así es porque hemos dejado de sentir y en dado caso se habría perdido ese soplo que nos hace saber precisamente que estamos vivos: la grandeza ya existe sólo espera ser conocida… y apreciada.
Maite Mont.
Playa Santa Teresa, Costa Rica